Productividad en España: el reto no es trabajar más, sino generar más valor
España atraviesa un buen momento laboral en los últimos años pese a una legislación laboral poco flexible a los nuevos modelos de negocio y a las necesidades de los consumidores. La ocupación alcanza máximos históricos y la tasa de paro se sitúa por debajo del 10%. Sin embargo, esa buena noticia convive con una paradoja incómoda: seguimos lejos de los niveles de productividad de nuestros vecinos europeos.
Durante demasiado tiempo hemos explicado esta brecha con una idea equivocada: que trabajamos poco. Pero los datos dicen otra cosa. Un trabajador en España dedica alrededor de 1.700 horas anuales al trabajo, frente a las 1.343 de un trabajador alemán. El problema, por tanto, no está en la cantidad de horas, sino en el valor que genera cada una de ellas. La productividad por hora en España apenas alcanza el 63-64% de la alemana o la francesa, y esa distancia apenas se ha movido en un cuarto de siglo.
Esto nos obliga a cambiar la pregunta. No se trata de pedir más esfuerzo, sino de entender por qué convertimos peor que otros países el trabajo, el talento y la tecnología en resultados. La productividad no depende solo de tener personas preparadas o de invertir en herramientas digitales. Depende de cómo se combinan esos recursos: cómo se lidera, cómo se decide, cómo se organizan los procesos, cómo se mide y recompensa la meritocracia y cómo se orienta la compañía hacia aquello que realmente genera valor.
También conviene evitar otra excusa habitual: la del sector. Es cierto que el peso del turismo, la hostelería o la construcción condiciona la productividad agregada, pero no lo explica todo. El problema no es tener turismo o construcción; el problema es competir en esos sectores por volumen y precio, en lugar de competir por valor. Cualquier sector puede ganar productividad si rediseña mejor su propuesta de valor, si mejora la experiencia del cliente, si elimina fricciones, profesionaliza la gestión y pone al cliente en el centro de sus decisiones.
Ahí está una de las grandes claves. Ser customer centric no es solo una declaración cultural; es una forma de gestionar mejor. Una empresa orientada al cliente entiende qué genera valor y qué no, qué procesos aportan y cuáles sobran, qué experiencias fidelizan y qué esfuerzos se pierden en actividad sin impacto. La productividad empieza cuando una organización deja de medir solo horas, tareas o volumen y empieza a medir valor generado.
El segundo gran reto está en el talento. España cuenta con una de las generaciones jóvenes más formadas de Europa, pero lidera la sobrecualificación: demasiados titulados superiores ocupan puestos por debajo de su nivel. El problema no está en las aulas, sino en un tejido productivo que no genera suficientes posiciones de alto valor para absorber ese talento. Cuando eso ocurre, perdemos dos veces: infrautilizamos capacidades dentro de nuestras empresas y empujamos a parte de ese talento a buscar fuera el rendimiento que aquí no encuentra.
La inteligencia artificial aparece ahora como una gran promesa, pero también puede convertirse en una nueva falsa solución. Comprar tecnología no garantiza productividad. Automatizar tareas sin rediseñar procesos puede generar eficiencia puntual, pero no transforma una organización. La verdadera oportunidad de la IA está en aumentar la capacidad de las personas: permitirles decidir mejor, anticipar mejor, personalizar mejor y dedicar más tiempo a tareas de mayor valor.
Por eso, la brecha de productividad española no se resolverá solo con más empleo, más tecnología o más horas. Exige una transformación profunda de la gestión. Empresas con más capacidad de crecer, de absorber talento cualificado, de profesionalizar sus modelos de trabajo y de convertir la tecnología en impacto real.
España no tiene un problema de esfuerzo, tiene un problema de conversión: convierte peor las horas en valor, la formación en puestos de alta productividad, la tecnología en impacto y la actividad en resultados. Esa es la conversación que necesitamos tener.
No se trata de cantidad, se trata de calidad. De diseñar mejor las organizaciones, competir por valor y usar la tecnología para multiplicar capacidades, no solo para automatizar tareas. Porque la productividad no se decreta: se construye cada día dentro de las empresas, en la forma en que deciden, lideran, aprenden y generan valor para sus clientes, sus equipos y la sociedad.
Para seguir profundizando
Algunas de estas reflexiones de Rafael Vara han sido recogidas por Expansión en un artículo sobre la brecha de productividad en España, el impacto de la inteligencia artificial y los retos del tejido empresarial para absorber talento cualificado y generar más valor.
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