Autor: Rafael Vara
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La soledad laboral –también conocida como la famosa soledad en el mando– ya no solo es un sufrimiento de los directivos. Hoy en día la flexibilidad laboral, la reducción de costes, el cambio en los modelos de negocio y la meritocracia individual, provocan múltiples circunstancias que hacen que todos tengamos que trabajar más solos que nunca. Además, en un país como España, esta soledad en el mando se acentúa al no estar, por un tema de cultura, acostumbrados a ese trabajo más individual.

Cuando Hofstede estudia las diferencias culturales entre, por ejemplo, España y EE.UU., se detectan distancias claras entre el grado de colectivismo versus los individualismos de unos y otros. Quizás hasta la fecha esta diferencia se veía mitigada por el entorno empresarial de cada país; sin embargo, la tendencia creciente a la homogenización de prácticas laborales provoca que esta circunstancia, la soledad, sea más palpable en más situaciones.

Y es que, cada vez, se habla mucho más del tema. Si nos fijamos, por ejemplo, en la revista Harvard Business Review, podemos encontrar artículos específicos que nos hablan de:

  1. La soledad de aquellos trabajadores que están abocados a viajar frecuentemente solos
  2. La soledad como argumento de salida de talento, normalmente también “quemados”
  3. La soledad que sufren las mujeres que se incorporan al trabajo tras su baja de maternidad
  4. La soledad que genera el tele trabajo
  5. La soledad de los directivos vs. el poder que adquieren en sus responsabilidades
  6. La soledad de los emprendedores

En definitiva, nos encontramos ante un nuevo estadio laboral que podemos combatir o no. Y digo “o no” porque, como profesionales, debemos pensar qué es lo que realmente queremos y asumir las consecuencias que ello conlleva.

Y es que, es fácil y lícito, como profesional, querer ascender, teletrabajar, viajar y asumir mayores responsabilidades; pero cuando apostamos por una carrera profesional determinada, debemos asumir y ser coherentes con lo que hemos decidido. Al decidir, escogemos, y, sin duda, esto traerá una serie de ventajas y una serie de “desventajas”.

Por ello, es bueno parar a pensar qué tipo de actividades nos hacen realmente felices y –más allá de los clichés sociales– apostar por aquello que nos hace vivir con ilusión. Quizás tengamos que reducir los ingresos, las responsabilidades, la carrera ascendente, pero, tal vez, seamos más felices.

Lo que es absurdo es luchar por algo que se supone que queremos y darnos cuenta de que no es lo que realmente queríamos. Ya lo dicen,“nadie regala duros a pesetas”; y es que (ahora más que nunca) definir el modelo laboral que se quiere, es más fácil que en los últimos 21 siglos de historia. Aprovechémoslo, pero pensémoslo antes. Reflexionemos sobre qué grado de soledad en el mando somos capaces de asumir; que cuanto más alto llegamos en la pirámide de las organizaciones, más solos estaremos y que, a mayor responsabilidad, más silencio, más reflexión y menos compartir.

En definitiva, se trata de asegurar la coherencia, la justicia, la equidad y el bien común de la organización, aceptando que la responsabilidad supone soledad y sabiendo que, si queremos ganar una cosa, debemos asumir perder muchas otras.