Confianza, transparencia y experiencia de cliente en mercados energéticos liberalizados

lukkap comunicación
Redacción
25 de febrero, 2026
Durante décadas, la energía se vivió como un “servicio de fondo”: imprescindible, pero emocionalmente neutro. En la mente del consumidor era un commodity invisible, algo que solo llamaba la atención cuando fallaba. La liberalización cambió las reglas, no porque convirtiera el electrón en algo diferente, sino porque introdujo una posibilidad nueva —y exigente—: elegir.

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Durante décadas, la energía se vivió como un “servicio de fondo”: imprescindible, pero emocionalmente neutro. En la mente del consumidor era un commodity invisible, algo que solo llamaba la atención cuando fallaba. La liberalización cambió las reglas, no porque convirtiera el electrón en algo diferente, sino porque introdujo una posibilidad nueva —y exigente—: elegir. Elegir proveedor, tarifa, modalidad, canal. Elegir, en definitiva, cómo relacionarse con algo que antes era casi una infraestructura doméstica.

El problema es que la elección no siempre genera libertad; a menudo genera fricción. Cuando el precio es difícil de anticipar, la factura difícil de entender y el valor difícil de explicar, el consumidor no interpreta que el mercado funciona mejor: interpreta que la complejidad ha aumentado y que el riesgo lo asume él.

En ese punto aparece el tema central del sector: la confianza. No como eslogan, sino como variable económica. Porque, en mercados liberalizados, la confianza no es reputación: es retención, engagement y margen sostenido.

La confianza como “margen estable” en un mercado volátil

La volatilidad de precios y la complejidad regulatoria han normalizado un contexto en el que el consumidor siente que su factura depende de fuerzas que no controla. Esa percepción se agrava cuando no existe un marco narrativo claro para entender el precio: qué parte es energía, qué parte son redes, qué parte son impuestos o cargos. En otras palabras, la confianza se rompe no solo por “pagar más”, sino por “no entender por qué pago así”.

Los datos de precios son —literalmente— globales, pero la experiencia del precio es profundamente humana. El propio repositorio de precios de la IEA muestra la amplitud y diversidad de precios finales en numerosos países y su evolución temporal. La consecuencia no es solo comparabilidad, sino la sensibilidad: cuando el consumidor percibe variabilidad sin claridad, aumenta la sospecha. Y cuando aumenta la sospecha, la energía deja de ser “neutral” y se convierte en una relación frágil.

A nivel de políticas públicas, el debate sobre cómo diseñar mercados y competencia minorista también ha evolucionado. El Banco Mundial, al revisar la evolución global de los diseños de mercado, describe cómo la digitalización (por ejemplo, smart meters) habilita nuevas posibilidades en competencia minorista y tarifas, pero también subraya la complejidad de los modelos y sus condiciones de éxito . Traducido a lenguaje de negocio: no basta con “tener mercado”; hay que diseñarlo para que el consumidor pueda operar en él sin sentirse indefenso.

La confianza, en este contexto, funciona como un “margen estable”: algo que no depende del pool diario, pero sí determina la predisposición del cliente a quedarse, a aceptar nuevas tarifas, a probar flexibilidad o a contratar servicios añadidos.

Transparencia tarifaria: la factura como interfaz de confianza

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En energía, el contrato y la factura no son papeles administrativos. Son el lugar donde el cliente decide si cree o no cree. Y en sectores donde el producto es intangible, la claridad es una forma de servicio.

No es casual que instituciones europeas hayan dedicado investigación específica a cómo estandarizar y mejorar la comparabilidad de ofertas y el diseño de facturas, precisamente para aumentar claridad y transparencia. Aunque es un ejemplo regional, el principio es global: cuando el consumidor entiende, compara mejor; cuando compara mejor, obliga a las compañías a comportarse con mayor coherencia; y cuando esa coherencia se vuelve norma, la relación deja de basarse en la sospecha y empieza a sostenerse en la confianza.

También los reguladores energéticos han tratado la transparencia como un pilar de empoderamiento del consumidor. CEER, por ejemplo, ha publicado análisis y recomendaciones sobre cómo implementar requisitos de información en facturación y comunicación al cliente en el marco de mercados que cambian por tecnología y nuevos flujos de información.

El aprendizaje es directo: la transparencia no es solo “mostrar más datos”, sino mostrar los datos correctos, en el orden correcto, con el lenguaje y en el formato correcto, para que el cliente recupere sensación de control. En sectores intensivos en regulación, muchas compañías comunican para “cumplir”; pocas comunican para “hacer comprensible”. Esa diferencia define confianza.

Switching y engagement: elegir no siempre significa cambiar

Existe una idea intuitiva: si el mercado es competitivo, la gente cambiará de proveedor. La realidad es más matizada. Los mercados liberalizados muestran switching, sí, pero también muestran fricciones conductuales: costes de búsqueda, aversión al riesgo, fatiga ante la complejidad y preferencia por defaults.

Por eso la conversación relevante no es solo “cuánta gente cambia”, sino por qué cambia, por qué no cambia y qué experiencia vive al intentar hacerlo. Un ejemplo útil por la disponibilidad de datos es Reino Unido: Ofgem publica indicadores de switching con detalle mensual y métricas de satisfacción sobre el propio proceso de switching y comparación. No porque UK sea “el mundo”, sino porque ilustra algo esencial: incluso con comparadores, incluso con ofertas, el switching se comporta como una variable psicológica además de económica.

En paralelo, la literatura y los organismos multilaterales llevan tiempo señalando que empoderar la elección requiere reducir costes cognitivos y mejorar el entorno de decisión. Un documento de la OCDE sobre elección del consumidor en mercados eléctricos aborda precisamente las condiciones para que la elección funcione en la práctica, incluyendo barreras de información y diseño de mercado.

Aquí emerge una idea potente: el switching no es el objetivo, el switching es el síntoma. El objetivo es que el cliente sienta que tiene una relación justa, entendible y predecible. Cuando eso ocurre, puede quedarse por decisión, no por resignación.

La experiencia de cliente como arquitectura operativa (y no como “capa”)

A medida que los mercados incorporan tarifas más sofisticadas (por ejemplo, señales horarias, flexibilidad, demanda), el reto de experiencia se vuelve más crítico: no se trata solo de “ofrecer” una tarifa, sino de hacerla vivible. La propia IEA describe la lógica de la respuesta de demanda como mecanismos basados en señales de precio y en incentivos, y su papel en la flexibilidad del sistema.

El problema es que, si el cliente no comprende el beneficio, o siente que el riesgo recae sobre él, la participación se frena. La investigación académica reciente sobre percepciones de consumidores ante tarifas basadas en demanda muestra barreras de engagement y limitaciones para escalar ciertos diseños sin acompañamiento adecuado.

En la práctica, esto obliga a pensar la experiencia como una arquitectura que conecta:

  • Transparencia (para entender)

  • Predictibilidad (para confiar)

  • Control (para participar)

  • Servicio (para resolver)

En Lukkap solemos verlo así: cuando la energía deja de competir solo por precio y empieza a competir por relación, la organización necesita operar como un sistema coherente. No se trata de “mejorar el call center” o “rediseñar la app” aisladamente, se trata de alinear la narrativa del precio, el diseño del contrato, la factura, los canales y el servicio en una misma promesa verificable. Se trata de convertirse en empresas customer centric, donde todo gire en torno al cliente de manera conjunta y no aislada.

Porque, en energía, la incoherencia no es solo mala experiencia, es pérdida de confianza… y la pérdida de confianza es pérdida de margen.

En energía, la confianza no se comunica; se diseña

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En mercados liberalizados, la energía se parece cada vez menos a un commodity y cada vez más a una relación continua con un cliente que quiere dos cosas aparentemente contradictorias: libertad para elegir y simplicidad para no equivocarse. Cuando el sector responde con complejidad, el cliente responde con sospecha. Cuando responde con claridad, el cliente responde con permanencia.

La buena noticia es que la confianza es una ventaja competitiva real, aunque no se compre en el mercado mayorista. Se construye —o se destruye— en la transparencia del precio, en la inteligibilidad de la factura, en la coherencia entre lo que se promete y lo que ocurre, y en la capacidad de acompañar decisiones complejas sin desplazar el riesgo emocional al consumidor.

Y eso, hoy, es margen.

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