Buscar trabajo también es un trabajo: una guía práctica para encontrar tu próximo proyecto profesional

Ignacio Fernández de Piérola
Socio Director
27 de octubre, 2026
Encontrar un nuevo trabajo no siempre es sencillo. Podemos tener una trayectoria profesional estupenda, muchas capacidades y ganas de empezar una nueva etapa, pero no saber muy bien cómo hacerlo. Otras veces nos movemos mucho, enviamos currículums y consultamos ofertas sin descanso, pero sentimos que no avanzamos. ¿Y si aprendiéramos a buscar trabajo de otra manera?

A lo largo de mi vida profesional he tenido la oportunidad de acompañar a muchas personas en la búsqueda de un nuevo empleo. Personas con trayectorias muy diferentes, con mucha o poca experiencia, que querían cambiar de proyecto o que se habían encontrado, de manera inesperada, en la necesidad de iniciar una nueva etapa profesional. Y hay algo que siempre me ha llamado la atención: podemos ser extraordinarios profesionales en aquello que hacemos y, sin embargo, no saber muy bien cómo buscar un nuevo trabajo.

En el fondo tiene bastante sentido, porque nadie nos ha enseñado necesariamente a hacerlo. Hemos aprendido a desempeñar nuestras funciones, gestionar proyectos, trabajar con otras personas o resolver problemas, pero cuando llega el momento de encontrar una nueva oportunidad descubrimos que necesitamos desarrollar otras habilidades. Algunas tienen que ver con conocernos mejor, otras con comprender el mercado laboral y muchas con aprender a relacionarnos y comunicar adecuadamente lo que podemos ofrecer.

Por mi experiencia, hay cinco ámbitos que pueden marcar una gran diferencia: tener foco, activar nuestra red de relaciones, investigar el mercado, aprender a presentarnos de forma atractiva y desarrollar buenos hábitos. Son ideas aparentemente sencillas, pero detrás de cada una hay mucho que podemos hacer para mejorar nuestras posibilidades de encontrar un nuevo proyecto profesional.

He reunido en esta guía doce pequeños capítulos que recogen algunas de las reflexiones, experiencias y herramientas que más me han ayudado acompañando a personas en sus procesos de búsqueda. No pretendo ofrecer una fórmula mágica, porque no existe, sino compartir ideas que cualquiera pueda adaptar a su situación y que, sobre todo, puedan ayudarle a pasar de las buenas intenciones a la acción.

Puedes leerlos de principio a fin o acudir directamente al capítulo que más te interese. Solo te propongo una cosa: cuando encuentres alguna idea que te resulte especialmente útil, no te quedes únicamente con ella. Coge papel y lápiz, dedícale un rato y prueba a llevarla a la práctica. Por mi experiencia, es ahí donde suelen empezar a ocurrir cosas.

Los 12 capítulos de esta guía

  1. Buscar trabajo también es un trabajo. ¿Cómo organizo mi búsqueda?
  2. Reflexionar, el primer paso para avanzar con fuerza.
  3. Mi proyecto profesional: mejor si lo pongo por escrito.
  4. 150: un número que no deberías olvidar.
  5. Si pido trabajo, me dan un consejo. Si pido consejo, me llega un trabajo.
  6. ¿Cuántas empresas hay en las que podrías trabajar?
  7. Prospectar es mucho más que elaborar un listado de empresas.
  8. Mi mensaje: conseguir que alguien piense «¡guau, quiero saber más!».
  9. Mi plan de marketing personal: vender lo que otros quieren comprar.
  10. Mi currículum: ¿soy capaz de despertar interés en 15 segundos?
  11. La entrevista: convertir un momento de tensión en una buena conversación.
  12. Los hábitos: conseguir que las cosas ocurran.

Capítulo 1. Buscar trabajo también es un trabajo. ¿Cómo organizo mi búsqueda?

Hay una frase que llevo muchos años repitiendo y que, posiblemente por mi actividad profesional, tengo muy presente prácticamente todas las semanas: «Buscar trabajo es un trabajo en sí mismo». Puede parecer una obviedad, pero creo que merece la pena detenerse un momento a pensar en lo que significa, porque cuando empezamos a buscar un nuevo empleo no siempre afrontamos esa tarea con el orden y la sistemática que dedicaríamos a cualquier otro proyecto importante.

Es habitual que, cuando una persona inicia su búsqueda, se mueva con rapidez y con poco criterio. Actualiza su currículum, empieza a consultar ofertas, se registra en diferentes portales y envía candidaturas a posiciones que, en ocasiones, ni siquiera tiene claro si le interesan. También ocurre justo lo contrario: hay personas que se encuentran tan desorientadas ante el cambio que no saben por dónde empezar y acaban cayendo en una especie de parálisis. Son dos comportamientos muy distintos, pero ambos pueden generar una enorme frustración cuando pasan las semanas y sentimos que no avanzamos.

Siempre he pensado que, si mañana empezáramos un nuevo proyecto profesional, dedicaríamos cierto tiempo a comprender qué queremos conseguir, cuáles son nuestros recursos, qué dificultades podemos encontrarnos y qué acciones nos ayudarán a alcanzar nuestros objetivos. Pues bien, cuando buscamos un nuevo trabajo deberíamos aplicar una lógica bastante parecida, entendiendo que nosotros mismos somos ese proyecto y que, como tal, necesitamos dedicarle tiempo, reflexión y una buena dosis de organización.

Por mi experiencia, hay cinco grandes ámbitos que merece la pena trabajar. El primero es tener foco, es decir, comprender quién soy, qué puedo ofrecer y qué tipo de proyecto me gustaría encontrar. El segundo consiste en activar mi red de relaciones, haciendo partícipes a otras personas del momento profesional en el que me encuentro. El tercero es investigar, conocer en profundidad los sectores, empresas y oportunidades hacia los que quiero dirigirme. El cuarto tiene que ver con aprender a presentarme de manera atractiva, construyendo un mensaje, un currículum y una forma de relacionarme que generen interés. Y el quinto, posiblemente el que permite que todo lo anterior funcione, es desarrollar hábitos que me ayuden a avanzar de forma continuada.

Ahora bien, también hay una cuestión que considero especialmente importante y que no deberíamos descuidar: sentirnos bien. Buscar trabajo puede convertirse en una actividad emocionalmente exigente, sobre todo cuando el proceso se alarga o cuando la situación no ha sido elegida voluntariamente. Por eso, mantener actividades que nos hacen disfrutar, cuidar nuestras relaciones personales, hacer ejercicio o reservar momentos de descanso no significa que estemos perdiendo el tiempo. Todo lo contrario, puede ayudarnos a mantener la energía y la perspectiva necesarias para afrontar mejor nuestra búsqueda.

No se trata, por tanto, de estar ocupado desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sino de dedicar tiempo a aquellas actividades que realmente pueden ayudarnos. Y para conseguirlo no necesitamos herramientas sofisticadas ni planes imposibles de cumplir; muchas veces basta con una agenda, unas ideas claras y la voluntad de ir dando pequeños pasos.

Capítulo 2. Reflexionar, el primer paso para avanzar con fuerza

¿Cuántas personas tienen realmente claro qué quieren hacer profesionalmente? ¿Cuántas se han parado a pensar en aquello que se les da especialmente bien, en lo que les ilusiona o en el tipo de trabajo que les gustaría desempeñar? Y, yendo un poco más allá, ¿cuántas han dedicado tiempo de verdad a reflexionar sobre estas cuestiones y poner sus conclusiones por escrito?

Por mi experiencia, muchas menos de las que imaginamos. Si miramos a nuestro alrededor, o pensamos en nosotros mismos, es muy habitual que desde bien pequeños estudiemos algo sin saber muy bien por qué y que, a partir de ahí, vayamos encadenando trabajos de una manera casi mecánica, sin pararnos demasiado a reflexionar. Si pienso en las personas de mi entorno, en ocasiones me hago algunas preguntas: ¿los trabajos que realizan son realmente aquello que se les da bien? ¿Es lo que les ilusiona, les motiva, les gusta, les «mueve»? ¿Están orgullosas de lo que hacen? Me temo que, en muchos casos, la respuesta es que no. Y es una pena.

Y no hablo únicamente de los demás. En ocasiones, como imagino que le ocurre a mucha gente, a mí también me entran pequeñas «crisis profesionales» en las que siento que posiblemente debería dar un giro a mi vida o, al menos, reconducir algunos aspectos de ella. En esos momentos suele venirme a la memoria un vídeo que descubrí hace tiempo y que, para mí, sigue siendo una estupenda fuente de ideas e inspiración. Me gustaría compartirlo contigo porque creo que puede ayudarnos a seguir reflexionando sobre este tema.

Ver vídeo: una invitación a reflexionar sobre nuestro camino profesional

Cuando comparto este vídeo con familiares y amigos, muchos me hacen el mismo comentario: «¡Qué vídeo tan bonito! Pero todo eso es muy difícil, más bien imposible». Y posiblemente tengan razón, sobre todo en la primera afirmación, porque nadie ha dicho que nada de esto sea sencillo. De hecho, en muchas ocasiones lo más fácil es no pensar demasiado, seguir dejándonos llevar, continuar con una vida aparentemente tranquila sin hacernos las preguntas adecuadas, mantener el statu quo y, en definitiva, seguir haciendo lo mismo que las personas que nos rodean.

Ahora bien, si yo tuviera mínimamente trabajado dónde puedo encajar, qué es lo que puedo ofrecer y qué me gustaría alcanzar, ¿no me resultaría más sencillo tomar decisiones y acercarme a aquello que quiero conseguir? Y, si esto es así, ¿por qué no dedicamos más tiempo a reflexionar sobre ello? Seguramente porque no lo tenemos en nuestra agenda, porque siempre encontramos algo más urgente que hacer o, sencillamente, porque no sabemos muy bien por dónde empezar.

Por eso, cuando una persona comienza a buscar un nuevo empleo, una de mis primeras recomendaciones suele ser que no empiece necesariamente por consultar ofertas, sino por hacerse buenas preguntas. Me gusta animarle a que dedique un rato a pensar qué actividades disfrutaba especialmente en su anterior trabajo, cuáles le generaban cierta frustración, qué capacidades ha desarrollado a lo largo de los años o en qué tipo de entorno profesional se encuentra más cómodo.

Y no me refiero únicamente a conocimientos técnicos o experiencias relacionadas con nuestra profesión. Muchas veces nuestras aficiones, nuestros intereses personales o aquellas actividades que disfrutamos haciendo en nuestro tiempo libre nos ofrecen pistas interesantes sobre lo que nos mueve. Puede que alguien disfrute especialmente organizando actividades, que otra persona tenga una enorme facilidad para relacionarse con desconocidos o que alguien se sienta feliz resolviendo problemas complejos. Si somos capaces de identificar estas preferencias, podremos empezar a relacionarlas con funciones, responsabilidades y proyectos profesionales que quizás hasta ahora no habíamos considerado.

También resulta tremendamente útil hacer un inventario de nuestras capacidades. No solo de aquello que hemos aprendido estudiando o trabajando, sino de las habilidades que hemos ido desarrollando casi sin darnos cuenta. En ocasiones encuentro personas que sienten que tienen poco que ofrecer, pero cuando empiezan a poner por escrito sus experiencias, responsabilidades y logros descubren un conjunto de capacidades mucho más amplio del que imaginaban.

Hay una idea que siempre me gusta recordar: cuanto mejor me conozco, más fácil me resulta comprender qué puedo ofrecer y hacia dónde quiero ir. Y eso tiene una consecuencia especialmente interesante cuando buscamos trabajo, porque si soy capaz de explicar mi proyecto desde el convencimiento personal, seguramente también me resultará más sencillo transmitirlo con claridad a las personas que me rodean.

No necesitamos descubrir de repente una vocación perfecta ni encontrar una respuesta definitiva para el resto de nuestra vida. Basta con comenzar a conocernos un poco mejor y utilizar ese conocimiento para tomar decisiones con más criterio.

Te propongo un ejercicio: haz tres pequeños listados. En el primero, escribe cinco cosas que disfrutabas de tus anteriores trabajos; en el segundo, cinco que preferirías evitar; y en el tercero, cinco capacidades que consideras especialmente valiosas. Después, si te apetece, comparte tus conclusiones con alguien que te conozca bien y pregúntale qué opina. Puede que te lleves alguna sorpresa y descubras aspectos de ti mismo que hasta ahora apenas habías tenido presentes.

Capítulo 3. Mi proyecto profesional: mejor si lo pongo por escrito

Una vez que hemos dedicado tiempo a reflexionar sobre nosotros mismos, llega el momento de intentar dibujar aquello que nos gustaría conseguir. Y aquí siempre he pensado que un buen proyecto profesional debería encontrarse en el punto donde coinciden tres dimensiones: aquello que soy capaz de hacer, aquello que me ilusiona y el tipo de proyecto o entorno en el que mejor encajo.

 

 

Si nos detenemos un momento a pensar en ello, veremos que no siempre resulta sencillo encontrar ese punto de unión. Puede que exista una oportunidad que nos entusiasme, pero para la que todavía necesitemos desarrollar determinadas capacidades. O quizá encontremos una posición para la que estamos perfectamente preparados y que, sin embargo, no encaja con nuestros valores personales o con nuestra manera de entender el trabajo. En cualquiera de esos casos, conocer las diferencias nos ayudará a comprender qué necesitamos trabajar y qué tipo de decisiones queremos tomar.

Por eso me gusta recomendar un ejercicio muy sencillo: poner nuestro proyecto profesional por escrito. No hace falta elaborar un documento de veinte páginas ni encontrar respuestas definitivas. En muchas ocasiones basta con redactar unos cuantos párrafos en los que expliquemos qué tipo de trabajo nos gustaría desempeñar, qué podemos aportar, por qué nos interesa y qué características debería tener ese proyecto para que realmente encaje con nosotros.

El hecho de escribirlo tiene, además, una ventaja muy importante: nos obliga a ordenar las ideas. Hay cosas que parecen clarísimas cuando las tenemos en la cabeza, pero que resultan bastante más difíciles de concretar cuando intentamos explicarlas. Y si no somos capaces de explicarnos bien a nosotros mismos, difícilmente conseguiremos hacerlo delante de otras personas.

A lo largo de mi vida profesional he tenido la oportunidad de participar en diferentes procesos de selección, también desde el lado de quien está buscando incorporar a alguien a su equipo. Y recuerdo ocasiones en las que, después de conversar con cinco profesionales con trayectorias y capacidades muy similares, había alguno que conseguía diferenciarse de una manera especial. No necesariamente porque su currículum fuera extraordinario, sino porque hablaba del proyecto con una claridad, una convicción y una ilusión que despertaban inmediatamente el interés por seguir conociéndole.

En esas situaciones siempre me he preguntado hasta qué punto tener bien trabajado nuestro proyecto profesional puede influir en la impresión que generamos. Por mi experiencia, influye mucho. Cuando alguien sabe explicar con sencillez qué quiere conseguir, por qué desea hacerlo y qué capacidades puede aportar para lograrlo, transmite una seguridad que resulta difícil de generar si nunca se ha detenido a reflexionar sobre esas cuestiones.

Ahora bien, hay algo que considero fundamental: nuestro proyecto profesional no es un documento que redactamos una vez y que permanece inalterable para siempre. De hecho, me parece muy recomendable que evolucione a medida que investigamos, conversamos con otras personas y descubrimos nuevas oportunidades. Cada experiencia puede aportarnos información que nos ayude a revisar nuestras prioridades, ampliar horizontes o identificar alternativas que antes desconocíamos.

¿Te animas a ponerlo por escrito? Intenta escribir en un párrafo qué quieres hacer, el por qué y por qué tienes la capacidades y motivaciones ideales para hacerlo muy bien. Esto deberá ser un borrador que puedas ir haciendo evolucionar conforme avances en tu proceso.

Capítulo 4. 150: un número que no deberías olvidar

Si estás buscando trabajo, me gustaría que a partir de ahora tuvieras muy presente un número: 150. Y no porque exista una cifra mágica de contactos que todos debamos alcanzar, sino porque me parece una estupenda manera de tomar conciencia de uno de los activos más importantes que tenemos y que, sin embargo, muchas veces apenas utilizamos: nuestra red de relaciones personales.

Cuando pregunto a alguien que está buscando empleo cuántos contactos tiene que podrían ayudarle, es habitual que me responda algo parecido a «muy pocos, quizá ocho o diez». Entonces suelo hacerle algunas preguntas adicionales. ¿Cuántas personas tienes guardadas en tu teléfono? ¿Con cuántos antiguos compañeros has trabajado? ¿Cuánta gente conoces del colegio, de la universidad, de tu barrio o de tus aficiones? ¿Con cuántas personas podrías tomarte un café y mantener una conversación agradable?

De repente, aquellos ocho o diez contactos empiezan a multiplicarse, porque todos tenemos una red de relaciones que va mucho más allá de las personas con las que hablamos habitualmente sobre asuntos profesionales. Familiares, amigos, antiguos compañeros, profesores, vecinos o personas que hemos conocido a través de nuestras aficiones forman parte de nuestra vida y, en muchos casos, tienen experiencias, conocimientos y relaciones que pueden resultar de gran utilidad.

Ahora bien, me gustaría que hicieras conmigo un pequeño ejercicio de imaginación. Supongamos que somos capaces de identificar 150 personas de nuestro entorno con las que podríamos mantener una conversación. Imagina que cada una de ellas conoce a su vez a otras 150 y que estas últimas pueden relacionarnos con otras tantas. Si multiplicamos esas cifras, en apenas dos saltos adicionales desde nuestra red inicial aparecen más de tres millones de conexiones potenciales.

 

 

Evidentemente es un ejercicio teórico, porque las redes de relaciones se solapan, no todas las personas mantienen el mismo número de contactos y conocer a alguien no significa que tengamos acceso inmediato a todas las personas de su entorno. Pero la imagen me parece muy poderosa y sirve para fijar una idea que siempre he considerado fundamental: a través de nuestra red podemos acercarnos, en muy pocos pasos, a personas y empresas que hoy parecen completamente fuera de nuestro alcance.

Quizá no conozco personalmente a nadie que trabaje en una compañía que me interesa, pero sí conozco a alguien que tiene un antiguo compañero allí. O quizá una persona de mi entorno puede presentarme a un profesional que conoce muy bien un sector en el que me gustaría desarrollar mi carrera. En cualquiera de esos casos, la posibilidad de mantener una conversación puede permitirme descubrir información y oportunidades que difícilmente encontraría limitándome a consultar ofertas desde mi ordenador.

Y aquí hay un cambio de perspectiva que considero especialmente interesante. Cuando activo adecuadamente mis relaciones, dejo de estar completamente solo en mi proceso de búsqueda. Poco a poco consigo que otras personas comprendan qué estoy buscando y puedan convertirse en mis ojos y mis oídos en el mercado, compartiendo conmigo ideas, información o contactos que desconocía.

Eso sí, debemos tener muy presente que el valor de nuestra red no está únicamente en el número de personas que conocemos, sino en la calidad de las relaciones que mantenemos con ellas. No se trata de utilizar a nuestros contactos ni de enviarles indiscriminadamente el currículum, sino de hacerles partícipes de nuestro proyecto de una manera natural, sincera y respetuosa.

Te propongo un reto: empieza a hacer un inventario de las personas que forman parte de tu entorno, desde antiguos compañeros de trabajo hasta amigos, conocidos de otras actividades o personas con las que hace tiempo que no hablas. No te preocupes todavía por lo que puedan hacer por ti; simplemente intenta identificar tu red real. ¿Llegarás a 50? ¿A 100? ¿A 150? Quizá descubras que tienes mucho más cerca de lo que imaginabas algunas de las oportunidades que estás buscando.

Capítulo 5. Si pido trabajo, me dan un consejo. Si pido consejo, me llega un trabajo

Hay una reflexión que siempre me ha resultado especialmente útil cuando hablo de activar nuestra red de relaciones: «Si pido un trabajo, me dan un consejo. Si pido un consejo, al final me llega un trabajo». Me gusta porque resume, de una manera muy sencilla, una forma de relacionarnos que todos utilizamos continuamente en nuestra vida personal, pero que parece costarnos bastante más cuando estamos buscando un nuevo empleo.

Pensemos por un momento en lo que hacemos habitualmente. Cuando queremos visitar un país que no conocemos, preguntamos a alguien que ya ha estado allí. Si necesitamos encontrar un buen profesional, pedimos referencias. Si estamos pensando en tomar una decisión importante, buscamos la opinión de personas que puedan ayudarnos a comprender mejor las alternativas. Son comportamientos absolutamente naturales que repetimos todos los días sin tener la sensación de estar molestando a nadie.

Sin embargo, cuando necesitamos encontrar trabajo, muchas veces nos cuesta actuar de esa misma manera. Quizá porque nos sentimos incómodos al explicar nuestra situación, porque pensamos que estamos pidiendo un favor o porque no tenemos muy claro cómo acercarnos a alguien. Y entonces terminamos haciendo algo que parece más sencillo: enviar nuestro currículum y preguntar si esa persona conoce alguna vacante.

No digo que compartir un CV sea siempre una mala idea, pero creo que limitar nuestras relaciones a eso supone desaprovechar una gran cantidad de oportunidades. Una persona de nuestro entorno puede conocer un sector que nos interesa, trabajar en una compañía que queremos explorar, tener información sobre una profesión o simplemente ofrecernos una perspectiva interesante sobre nuestro propio proyecto profesional. Y para cualquiera de esas cosas no es necesario que conozca una oferta de empleo.

Imaginemos, por ejemplo, que me interesa trabajar en el sector asegurador y conozco a alguien que lleva años desarrollando su carrera en él. En lugar de preguntarle directamente si sabe de algún trabajo, puedo pedirle que me explique cómo está evolucionando la industria, qué compañías están creciendo o qué capacidades cree que serán especialmente importantes en los próximos años. Esa conversación puede ayudarme a comprender mucho mejor el mercado y, quizá, a descubrir personas o empresas que hasta ahora no estaban en mi radar.

Lo mismo ocurre si quiero conocer una empresa por dentro o explorar una profesión diferente a la mía. Conversar con alguien que ha vivido esa experiencia puede aportarme información que difícilmente encontraría en una página web. Y, además, cuando soy capaz de explicar mi proyecto con claridad, consigo que mi interlocutor comprenda hacia dónde quiero dirigirme y pueda tenerme presente si en algún momento aparece una oportunidad relacionada.

Por supuesto, todo esto requiere cierta preparación y sensibilidad. No todas las personas pueden ayudarnos de la misma manera ni tiene sentido plantearles las mismas preguntas. Por eso recomiendo pensar previamente por qué queremos hablar con alguien, qué nos gustaría aprender y cómo podemos acercarnos de una forma amable, personalizada y poco invasiva. Y una vez que conseguimos mantener la conversación, conviene escuchar de verdad, mostrar interés por lo que nos cuentan y agradecer el tiempo que nos han dedicado.

Una buena conversación no necesita terminar con una oferta de trabajo para haber merecido la pena. Puede dejarnos tres ideas, un nuevo contacto o una perspectiva que cambie nuestra manera de buscar. Y, cuando sumamos esas pequeñas aportaciones a lo largo del tiempo, empezamos a comprender por qué trabajar bien nuestra red puede ser tan importante.

Para ponerlo en práctica, elige tres personas de tu inventario de contactos y piensa qué podrías aprender conversando con cada una. A una quizá puedas pedirle opinión sobre tu proyecto, a otra información sobre un sector y a la tercera que te cuente cómo es trabajar en su empresa. No empieces necesariamente enviándoles tu currículum; empieza por una conversación que tenga sentido para ambos.

Capítulo 6. ¿Cuántas empresas hay en las que podrías trabajar?

Recuerdo una conversación con una persona cercana que quería trabajar en una empresa de biotecnología. Era alguien apasionado por ese mundo, muy bien preparado y con una motivación enorme, pero cada vez que hablábamos sobre sus posibilidades profesionales repetía la misma idea: en el lugar donde quería vivir había muy pocas empresas relacionadas con ese sector.

Como aquella afirmación parecía tan rotunda, decidí preguntarle cuántas empresas había exactamente. Su respuesta fue «muy pocas». Insistí un poco más: «¿Cuántas son pocas? ¿Tres? ¿Diez? ¿Veinte?». Y, aunque seguimos conversando durante un buen rato, no conseguimos salir de aquel «pocas».

Lo interesante es que aquella persona no sabía realmente cuántas empresas existían ni había dedicado tiempo a investigar cuáles eran, qué hacían, quiénes eran sus competidores, cuáles estaban creciendo o qué otras actividades podían estar relacionadas con su profesión. Simplemente había asumido que había pocas oportunidades y, de alguna manera, esa convicción había terminado convirtiéndose en una razón para no profundizar más en su búsqueda.

Aquel episodio me hizo pensar en algo que ocurre con frecuencia cuando buscamos trabajo. A veces nos instalamos en determinadas ideas sobre el mercado laboral sin haber dedicado tiempo a comprobarlas. Pensamos que un sector apenas ofrece oportunidades, que una compañía nunca contratará a alguien con nuestro perfil o que en nuestra ciudad no existen empresas relacionadas con aquello que nos gustaría hacer. Puede que tengamos razón, pero también puede que estemos descartando posibilidades que todavía no conocemos.

Hay una frase que siempre me ha ayudado mucho a trabajar este tema: «No podemos crear una nueva posición en el mercado. Lo que sí está en nuestra mano es realizar una búsqueda intensa, sistemática y organizada». No podemos controlar cuándo una empresa necesitará incorporar a alguien, pero sí podemos investigar mucho mejor el entorno al que queremos dirigirnos, detectar movimientos y prepararnos para identificar las oportunidades cuando aparezcan.

Si mi objetivo es trabajar en una determinada industria, una parte importante de mi actividad debería consistir en identificar todas las compañías que operan en ella, comprender sus modelos de negocio y descubrir qué otros sectores o actividades están relacionados. En ocasiones, una empresa que inicialmente no habíamos considerado puede convertirse en una alternativa muy interesante, y lo mismo puede ocurrir con sus proveedores, sus clientes o sus competidores.

Para conseguirlo tenemos numerosos recursos a nuestro alcance: prensa económica, publicaciones especializadas, asociaciones profesionales, bases de datos empresariales, portales de empleo, encuentros sectoriales y, por supuesto, las conversaciones con personas que conocen el mercado. Lo importante es utilizar todas esas fuentes para sustituir nuestras impresiones generales por información concreta.

Te propongo una pregunta: si alguien te pidiera ahora mismo que le dijeras cuántas empresas existen relacionadas con tu objetivo profesional en el lugar donde te gustaría trabajar, ¿qué responderías? Intenta que, dentro de unas semanas, tu respuesta no sea «pocas», «muchas» o «varias», sino un listado de organizaciones que conoces y sobre las que puedes explicar algo relevante. Ese conocimiento será una de las mejores bases sobre las que construir tu búsqueda.

Capítulo 7. Prospectar es mucho más que elaborar un listado de empresas

Conocer qué empresas existen relacionadas con nuestro proyecto profesional es un primer paso importante, pero por mi experiencia realizar una buena prospección es bastante más interesante que construir una larga lista de posibles empleadores. De hecho, cuando acompañamos a alguien en la búsqueda de un nuevo trabajo, una de las cosas que más me gusta trabajar es precisamente la capacidad de conocer en profundidad el mercado al que quiere dirigirse.

Imagina que deseas trabajar en una compañía del sector de la alimentación. Puedes identificar veinte empresas, anotar sus nombres, consultar sus páginas web y revisar si tienen ofertas publicadas. Es un buen comienzo, sin duda, pero ¿qué ocurriría si dedicaras algo más de tiempo a comprender cuáles están creciendo, contra quién compiten, qué productos están desarrollando, ¿quiénes son sus clientes o qué dificultades afrontan en su actividad?

Seguramente descubrirías cosas muy interesantes. Quizá una compañía está creciendo en una determinada línea de negocio, otra está transformando su organización comercial y una tercera necesita desarrollar capacidades que encajan especialmente bien con tu experiencia. También podrías descubrir empresas relacionadas con ese sector que inicialmente no habías considerado y que ofrecen oportunidades profesionales similares a las que estás buscando.

En ese momento tu listado deja de ser una simple relación de nombres y empieza a convertirse en un verdadero mapa de oportunidades. Y ese conocimiento no solo te ayuda a identificar posibles empleadores, sino que también puede servirte para revisar y enriquecer tu propio proyecto profesional. Cuanto más comprendemos cómo funcionan los sectores y las compañías, más posibilidades tenemos de descubrir funciones, responsabilidades y alternativas que antes desconocíamos.

Además, hay una ventaja que considero especialmente relevante: la información nos permite diferenciarnos cuando llega el momento de relacionarnos con las empresas. Siempre he pensado que existe una enorme diferencia entre acudir a una entrevista habiendo revisado rápidamente la página web de la compañía y hacerlo después de haber investigado su modelo de negocio, sus principales competidores, sus productos, sus clientes y los desafíos a los que se enfrenta.

En el segundo caso no solo disponemos de más datos; también podemos hacer mejores preguntas, entender con mayor facilidad lo que nos cuentan y encontrar puntos de conexión entre nuestras capacidades y las necesidades de la organización. Y eso, cuando estamos compitiendo con otros profesionales, puede marcar una diferencia importante.

Por eso me gusta animar a las personas que buscan empleo a comportarse, en cierta medida, como investigadores. Leer prensa económica, seguir publicaciones sectoriales, analizar ofertas, participar en encuentros profesionales y hablar con personas que trabajan en los ámbitos que nos interesan son actividades que nos ayudan a construir un criterio mucho más sólido sobre el mercado.

Y aquí hay una combinación que siempre me ha parecido especialmente valiosa: utilizar la tecnología para acceder a información y las relaciones personales para comprenderla mejor. Una noticia puede indicarnos que una compañía está creciendo, pero una conversación con alguien que trabaja en ella quizá nos ayude a descubrir por qué está creciendo, qué retos tiene y qué perfiles profesionales pueden necesitar en el futuro.

Para ponerlo en práctica, elige tres compañías que te interesen y prepara una pequeña ficha sobre cada una. Intenta comprender qué hacen, quiénes son sus clientes, contra quién compiten, cuáles son sus principales retos y qué tipo de profesionales podrían necesitar. Cuando termines, hazte una pregunta especialmente importante: ¿qué podría aportar yo a esta compañía para ayudarla a conseguir sus objetivos?

Ahí empieza a conectarse de verdad tu proyecto profesional con lo que ocurre en el mercado.

Capítulo 8. Mi mensaje: conseguir que alguien piense «¡guau, quiero saber más!»

A lo largo de mi actividad profesional he conocido a muchísimas personas y hay algo que siempre me ha llamado la atención: algunas, después de una primera conversación, consiguen que piense inmediatamente «¡guau, qué persona tan interesante, me encantaría saber más de ella!». Otras, siendo profesionales estupendos y con trayectorias realmente valiosas, no consiguen despertar esa misma sensación.

¿Por qué ocurre? He reflexionado mucho sobre ello y creo que, en numerosas ocasiones, no tiene tanto que ver con lo que esas personas han hecho como con la manera en que son capaces de contarlo. Porque todos generamos una primera impresión, y cuando estamos buscando un nuevo proyecto profesional conviene dedicar algo de tiempo a pensar qué queremos transmitir y cómo podemos hacerlo de la mejor manera posible.

Pensemos en una situación muy habitual. Nos encontramos con un antiguo compañero de trabajo, conocemos a alguien en un evento o acudimos a una entrevista y escuchamos una pregunta aparentemente sencilla: «Cuéntame un poco sobre ti y sobre tu trayectoria profesional». Hay personas que comienzan a explicar su carrera desde el primer puesto que desempeñaron, otras que se detienen demasiado en detalles secundarios y algunas que transmiten ciertas dudas o incoherencias entre lo que han hecho y aquello que quieren conseguir en el futuro.

Sin embargo, también hay profesionales que consiguen responder con una naturalidad y una claridad que generan inmediatamente confianza. Son capaces de explicar quiénes son, qué han hecho, qué pueden aportar y hacia dónde quieren dirigirse de manera que su interlocutor comprende rápidamente su trayectoria y, además, siente curiosidad por conocerlos mejor.

A eso me gusta llamarlo construir nuestro mensaje personal, una herramienta que considero extraordinariamente útil para cualquier persona que esté buscando trabajo. No se trata de memorizar un discurso comercial ni de construir una versión artificial de nosotros mismos, sino de dedicar tiempo a ordenar nuestras ideas para poder explicarlas con sencillez, coherencia y convicción.

Por mi experiencia, los mensajes que mejor funcionan suelen seguir una estructura organizada en cuatro momentos. Primero, una breve presentación de nuestra esencia profesional; después, un resumen de las experiencias y logros más relevantes de nuestra trayectoria; a continuación, una explicación honesta del momento en el que nos encontramos; y, finalmente, hacia dónde queremos dirigirnos y por qué ese proyecto tiene sentido para nosotros.

Dicho de otra manera: quién soy, qué he hecho, dónde estoy y hacia dónde quiero ir. Cuatro ideas aparentemente sencillas que, cuando están bien conectadas, nos permiten construir una historia coherente y fácil de comprender.

Lo interesante es que este mensaje no sirve únicamente para una entrevista. También resulta útil cuando un familiar, un amigo, un antiguo compañero o una persona que acabamos de conocer nos pregunta por nuestro momento profesional. Y si tenemos las ideas bien trabajadas, será mucho más sencillo transmitir lo que podemos ofrecer sin improvisar explicaciones demasiado largas o poco claras.

Ahora bien, no deberíamos confundir causar una buena impresión con intentar impresionar a toda costa. Lo que buscamos es trasladar nuestra experiencia de una manera auténtica, destacando aquello que realmente puede resultar interesante para nuestro interlocutor. En definitiva, conseguir que la otra persona comprenda quiénes somos y sienta que merece la pena seguir conversando con nosotros.

¿Te animas a hacer la prueba? Prepara una presentación de aproximadamente un minuto y grábate con el móvil. Después escúchala como si fueras alguien que no te conoce. ¿Se entiende quién eres? ¿Queda claro qué puedes aportar? ¿Se comprende hacia dónde quieres ir? Y, sobre todo, ¿te dan ganas de saber más? Si crees que todavía puedes mejorarla, revisa las ideas, simplifica y vuelve a intentarlo. Es una habilidad que, como tantas otras, se desarrolla practicando.

Capítulo 9. Mi plan de marketing personal: vender lo que otros quieren comprar

Hay una reflexión que suelo compartir con las personas que están buscando empleo: no basta con pensar en todo lo que soy capaz de ofrecer; también necesito comprender qué necesitan quienes podrían contratarme. Parece una idea bastante evidente, pero no siempre la tenemos presente cuando preparamos nuestro currículum, construimos nuestro mensaje o acudimos a una entrevista.

Normalmente empezamos hablando de nosotros mismos, de nuestra trayectoria, de nuestras responsabilidades y de todo lo que hemos aprendido a lo largo de los años. Y, aunque esa información es importante, quizá no hayamos dedicado el mismo esfuerzo a comprender qué está buscando realmente la empresa que tenemos delante y por qué estaría dispuesta a incorporar a alguien con nuestro perfil.

Pensemos por un momento que estamos compitiendo por una misma posición con otros profesionales muy bien preparados. Es posible que varios tengamos conocimientos similares, hayamos desempeñado responsabilidades parecidas y podamos responder adecuadamente a los requisitos del puesto. En ese escenario, siempre he pensado que los pequeños detalles pueden marcar grandes diferencias, especialmente cuando somos capaces de transmitir con claridad aquellas capacidades que más valor pueden aportar a nuestro futuro empleador.

Por eso me gusta recomendar la elaboración de un pequeño plan de marketing personal. Aunque el término pueda sonar algo comercial, la idea es muy sencilla: conseguir que todas las piezas de nuestra presentación profesional transmitan una imagen sólida, coherente y conectada con aquello que el mercado está buscando.

Uno de los ejercicios más importantes consiste en identificar las tres o cuatro características que queremos que una empresa asocie con nosotros. Y digo tres o cuatro porque, por mi experiencia, intentar destacar veinte cualidades diferentes suele tener mucho menos impacto que seleccionar unas pocas fortalezas verdaderamente relevantes y ser capaces de defenderlas con argumentos sólidos.

Para realizar este ejercicio necesitamos mirar en dos direcciones. Por una parte, hacia dentro, revisando nuestra trayectoria para identificar aquello que sabemos hacer especialmente bien. Por otra, hacia fuera, investigando qué capacidades valoran las compañías y los puestos a los que queremos dirigirnos. El punto de encuentro entre ambas perspectivas es el que deberíamos trabajar con más intensidad.

Pero hay algo más que considero fundamental. Siempre me han causado mucho mejor impresión aquellas personas que consiguen hacerme sentir cómo son a través de sus experiencias que aquellas otras que se limitan a describirse utilizando expresiones que todos hemos escuchado cientos de veces. Decir que soy organizado, que trabajo muy bien en equipo o que tengo una gran orientación al cliente puede estar muy bien, pero ¿qué significa realmente? ¿Qué hechos de mi trayectoria permiten comprobarlo?

Si quiero transmitir capacidad comercial, puedo explicar los resultados que he conseguido o cómo he desarrollado una cartera de clientes. Si deseo demostrar mi capacidad de organización, quizá pueda hablar de proyectos que he coordinado, responsabilidades que he asumido o mejoras que he implantado. Y si quiero destacar mi experiencia internacional, seguramente resulte mucho más convincente contar que he trabajado con equipos de distintos países que limitarme a utilizar ese adjetivo.

Por eso me gusta explicar este ejercicio de una manera muy visual: arriba, las tres o cuatro características que quiero que el mercado perciba de mí; debajo, las experiencias, logros y resultados que demuestran que realmente puedo ofrecerlas. Lo que afirmo debe estar respaldado por hechos que hablen por mí y que ayuden a mi interlocutor a imaginar qué podría aportar a su organización.

Además, igual que ocurre con nuestro proyecto profesional, este plan de marketing debería evolucionar a medida que conocemos mejor el mercado. Cuando descubrimos nuevas oportunidades o comprendemos qué capacidades se demandan en determinados puestos, quizá necesitemos revisar cuáles de nuestras fortalezas debemos destacar y cómo podemos relacionarlas con los objetivos de cada empresa.

Te propongo un ejercicio: escribe tres o cuatro características que consideres especialmente valiosas de tu perfil profesional. Después, por cada una, identifica experiencias, logros o resultados concretos que la demuestren y piensa en qué tipo de puesto o compañía podrían resultar más relevantes. Si consigues hacer este trabajo con profundidad, tendrás una base estupenda para preparar tu currículum, construir tu mensaje y afrontar tus próximas entrevistas.

Capítulo 10. Mi currículum: ¿soy capaz de despertar interés en 15 segundos?

Hay una pregunta que me gusta hacer cuando reviso un currículum y que creo que cualquier persona que esté buscando empleo debería tener muy presente: «Si alguien dedica 15 segundos a mirar este documento, ¿le quedarán ganas de llamarme para una entrevista?».

Quince segundos. No porque todas las personas que trabajan en selección dediquen exactamente ese tiempo a revisar un CV, sino porque en muchas ocasiones la primera lectura es muy rápida y necesitamos que aquello que nos hace especialmente interesantes se comprenda prácticamente de un vistazo.

Después de haber revisado muchísimos currículums a lo largo de mi vida profesional, hay una cuestión que siempre me ha llamado la atención: gran parte de las personas intentan contar absolutamente todo lo que han hecho. Todas sus empresas, todas sus responsabilidades, todos sus cursos y cada una de las funciones que han desempeñado. Y, cuando uno termina de leer el documento, puede que conozca muchos detalles de su trayectoria, pero no tenga demasiado claro qué es lo que las hace especialmente adecuadas para el puesto al que se presentan.

Por eso siempre he pensado que el principal objetivo de un currículum no es contar toda nuestra vida laboral, sino conseguir que alguien quiera conocernos. Y cuando tenemos esto presente, nuestra manera de prepararlo cambia bastante, porque dejamos de preguntarnos únicamente qué información deberíamos incluir y empezamos a pensar qué necesita encontrar la persona que va a leerlo.

Lo primero, por tanto, debería ser comprender bien la oportunidad a la que queremos optar. ¿Qué está buscando esa empresa? ¿Qué capacidades considera fundamentales? ¿Qué responsabilidades tendrá que asumir la persona que se incorpore? Una vez que tenemos claras esas cuestiones, podemos revisar nuestra trayectoria e identificar las experiencias, conocimientos y logros que mejor conectan con lo que se demanda.

Un mismo profesional puede tener muchas cosas que ofrecer y, sin embargo, no necesitar destacar las mismas en todas sus candidaturas. Imagina que has trabajado durante años gestionando equipos y desarrollando proyectos de mejora. Si te presentas a una posición centrada en liderazgo, seguramente tenga sentido dar más protagonismo a tu experiencia dirigiendo personas. Si optas a una función relacionada con procesos, quizá convenga destacar tus proyectos de transformación y los resultados que has conseguido.

Nuestra trayectoria no cambia; lo que cambia es la manera de presentar aquello que resulta más relevante para cada oportunidad. Por eso me parece muy recomendable disponer de dos o tres versiones de base de nuestro currículum y adaptarlas después a los requisitos concretos de cada posición, en lugar de utilizar siempre el mismo documento de forma indiscriminada.

 

 

También conviene cuidar muchísimo la claridad. Yo siempre he sido partidario de los currículums muy sintéticos, incluso de una sola página cuando el perfil lo permite, porque el esfuerzo de resumir nos obliga a identificar qué es verdaderamente importante. Por supuesto, hay trayectorias que necesitan más espacio para explicarse adecuadamente, pero el principio debería ser el mismo: facilitar la lectura y conseguir que lo esencial destaque sin obligar a nuestro interlocutor a buscarlo entre párrafos interminables.

Y aquí vuelve a cobrar importancia algo que ya hemos trabajado en el capítulo anterior: demostrar nuestras capacidades mediante hechos. No es lo mismo decir «acostumbrado a trabajar en entornos diversos» que explicar que, en nuestra última posición, dábamos servicio a cinco departamentos ubicados en tres países y trabajando en varios idiomas. En el segundo caso estamos transmitiendo una imagen mucho más concreta de lo que hemos hecho y de lo que podemos aportar.

El formato también merece atención. Un CV debe estar bien escrito, ser visualmente claro y permitir encontrar la información sin esfuerzo. No necesitamos necesariamente un diseño extraordinario, pero sí que contenido y presentación estén cuidados, porque ambos contribuyen a la primera impresión que generamos.

Y para terminar, me gustaría proponerte un ejercicio que considero especialmente útil. Entrega tu currículum a alguien de confianza y pídele que lo mire durante 15 segundos. Después retíraselo y pregúntale qué tipo de profesional cree que eres, cuáles son tus principales fortalezas y para qué puesto le parecería interesante entrevistarte. Si sus respuestas se parecen a lo que tú querías transmitir, seguramente vas por buen camino. Si no es así, quizá tengas que revisar qué estás destacando y qué información debería ocupar un lugar más importante.

Recuerda que esos primeros segundos no garantizan una entrevista, pero sí nos obligan a trabajar una pregunta fundamental: ¿estoy consiguiendo que alguien entienda rápidamente por qué podría interesarle conocerme?

Capítulo 11. La entrevista: convertir un momento de tensión en una buena conversación

Llegamos a uno de los momentos más importantes de cualquier proceso de búsqueda de empleo y, probablemente, también a uno de los que más nervios suele generar: la entrevista de selección. Es una situación en la que sentimos que nos jugamos mucho y que, en ocasiones, afrontamos casi como si fuera un examen en el que alguien va a decidir si somos buenos o malos profesionales.

Sin embargo, después de haber participado en muchos procesos de selección y de haber acompañado a numerosas personas en su preparación, he llegado a una conclusión: una buena entrevista debería parecerse mucho más a una conversación entre profesionales que a un interrogatorio. La empresa quiere comprender quiénes somos, qué hemos hecho y qué podemos aportar, pero nosotros también necesitamos entender qué proyecto tenemos delante, cómo trabaja la organización y si esa oportunidad encaja con aquello que estamos buscando.

Cuando conseguimos mirar la entrevista desde esta perspectiva, muchas cosas cambian. Dejamos de obsesionarnos únicamente con responder correctamente a todas las preguntas y empezamos a pensar también en cómo generar una conversación agradable, comprender mejor a nuestro interlocutor y encontrar puntos de conexión entre sus necesidades y nuestra experiencia.

Ahora bien, para poder mantener esa conversación con naturalidad necesitamos algo fundamental: haber trabajado muy bien la preparación. Y aquí volvemos a encontrarnos con muchos de los aprendizajes que hemos recorrido a lo largo de esta guía. Si conozco bien mi trayectoria, tengo claro mi proyecto profesional, he investigado la compañía y soy capaz de explicar mis fortalezas mediante experiencias concretas, llegaré a la entrevista con una base mucho más sólida.

Por mi experiencia, una buena manera de prepararse consiste en intentar comprender quién será nuestro interlocutor y qué necesita. No es lo mismo conversar con una persona del área de selección que con quien será nuestro futuro responsable directo, aunque ambos puedan estar interesados en conocer nuestras capacidades. Por eso conviene investigar, identificar los requisitos más importantes del puesto y preparar ejemplos que permitan demostrar que somos capaces de responder a esas necesidades.

Si una posición requiere capacidad de liderazgo, resulta útil recordar situaciones en las que hemos dirigido equipos, gestionado dificultades o conseguido determinados resultados. Si la función exige habilidades comerciales, quizá convenga preparar ejemplos de relaciones con clientes, negociaciones o proyectos de desarrollo de negocio. Lo importante es que, cuando nos pregunten, podamos explicar nuestras capacidades mediante experiencias reales y no únicamente con afirmaciones generales.

También deberíamos cuidar la dimensión personal de la entrevista. La empatía, la escucha, la capacidad de generar confianza y la manera en que nos relacionamos con la otra persona pueden ser muy importantes, porque al fin y al cabo quien nos entrevista no solo está valorando conocimientos, sino también cómo podría ser trabajar con nosotros.

Y hay otra cuestión que siempre me ha parecido especialmente interesante: las preguntas que hacemos dicen mucho de nosotros y de lo que realmente nos interesa. Preguntar por los retos del puesto, las prioridades del equipo, la cultura de la compañía o los resultados que se esperan de la persona que se incorpore puede ayudar a generar una conversación más rica y demostrar que hemos dedicado tiempo a comprender el proyecto.

Por último, no deberíamos olvidar que hacer buenas entrevistas es una habilidad que se aprende practicando. Es posible que las primeras no salgan como esperamos, pero cada experiencia puede ayudarnos a mejorar si dedicamos un momento a reflexionar sobre lo que ha ocurrido. Qué preguntas nos han resultado más difíciles, qué experiencias hemos explicado bien o qué información nos hubiera gustado conocer antes son cuestiones que merece la pena revisar después de cada encuentro.

Te propongo un ejercicio: prepara una entrevista simulada con alguien de confianza y pídele que te pregunte por tu trayectoria, tus logros, tus motivaciones y los motivos por los que te interesa una oportunidad concreta. Después, practica también cómo formularías tus propias preguntas e intenta identificar qué partes de la conversación te han resultado más naturales y cuáles deberías trabajar.

Y recuerda: la próxima vez que entres en una entrevista, intenta pensar menos en aprobar un examen y más en mantener una buena conversación profesional en la que ambas partes puedan conocerse y descubrir si realmente existe un buen encaje.

Capítulo 12. Los hábitos: conseguir que las cosas ocurran

A lo largo de estos capítulos hemos reflexionado sobre la importancia de conocernos mejor, definir un proyecto profesional, investigar el mercado, activar nuestra red de relaciones y trabajar las herramientas que nos permiten presentarnos de una manera atractiva. Sin embargo, todavía nos queda algo que considero fundamental: conseguir que todas esas ideas se traduzcan en acciones concretas y se conviertan en parte de nuestra rutina.

Hay una frase que escuché hace años a una persona a la que acompañaba en su búsqueda de empleo y que nunca he olvidado: «Da igual tener el mejor producto del mundo. Si no está en las estanterías de los supermercados, nadie lo va a comprar».

Me parece una imagen extraordinaria para comprender algo que ocurre con frecuencia. Podemos tener una trayectoria estupenda, capacidades muy valiosas y un proyecto profesional perfectamente definido, pero si nadie nos conoce, si no estamos presentes en el mercado y si no hacemos nada para acercarnos a las oportunidades, será mucho más difícil que todo ese potencial se convierta en un nuevo trabajo.

Por eso me gusta pensar que cada persona debería construir su pequeño plan comercial de búsqueda de empleo. No se trata de convertirnos en vendedores insistentes, sino de trabajar con orden aquellas actividades que pueden ayudarnos a conocer mejor el mercado, darnos a conocer y descubrir oportunidades profesionales.

Por ejemplo, una parte de nuestra semana puede estar dedicada a investigar empresas y ampliar nuestro mapa de posibles empleadores. Otra puede centrarse en identificar personas con las que nos gustaría conversar y preparar aproximaciones adecuadas. También necesitaremos revisar ofertas, seguir noticias y movimientos de los sectores que nos interesan, preparar candidaturas y hacer seguimiento de los procesos en los que estamos participando.

Todo ello requiere organización, pero no necesariamente herramientas complicadas. Una hoja de cálculo, una agenda o un cuaderno pueden ser más que suficientes para registrar empresas, contactos, conversaciones, información relevante y próximos pasos. Lo importante es que utilicemos un sistema con el que nos sintamos cómodos y que nos permita mantener cierto orden de manera continuada.

Además, siempre he pensado que es muy útil establecer pequeños objetivos de actividad. Imagina que te propones mantener tres o cuatro conversaciones de media hora cada semana con personas que pueden ayudarte a comprender mejor tu mercado profesional. En dos o tres meses habrás hablado con varias decenas de profesionales, conocido otras perspectivas y descubierto posibilidades que quizá no tenías presentes. No todas esas conversaciones terminarán en una oportunidad laboral, por supuesto, pero seguramente habrás ampliado tu conocimiento y tu presencia en el entorno hacia el que quieres dirigirte.

Ahora bien, hay dos situaciones que siempre me han preocupado cuando alguien está buscando trabajo. La primera es tener la agenda prácticamente vacía, porque cuando pasan los días sin que sintamos avances es fácil que aparezcan la incertidumbre, la frustración o el desánimo. La segunda, y en ocasiones casi más peligrosa, es tener una agenda llenísima de actividades que no nos acercan realmente a nuestro objetivo. Nos mantenemos ocupados, sentimos que estamos haciendo muchas cosas y, sin embargo, quizá apenas estamos dedicando tiempo a aquello que podría ayudarnos.

Por eso considero importante que cada semana revisemos no solo cuánto hemos hecho, sino qué hemos aprendido y en qué medida nuestras acciones nos están acercando a nuestro proyecto profesional. A veces una conversación especialmente interesante puede aportarnos más valor que muchas horas enviando candidaturas poco relacionadas con nuestro objetivo. Y otras veces será precisamente una candidatura bien preparada la que abra una puerta que llevábamos tiempo buscando.

También conviene recordar que la búsqueda de empleo debe adaptarse a nuestras circunstancias personales. No todos disponemos del mismo tiempo, de los mismos recursos ni de la misma energía, y por eso necesitamos encontrar rutinas realistas que podamos mantener sin descuidar nuestro bienestar. En este sentido, descansar, cuidar nuestras relaciones personales y dedicar tiempo a actividades que nos hacen sentir bien también forman parte de una búsqueda saludable.

Mi última propuesta práctica es muy sencilla: organiza tu próxima semana y reserva momentos concretos para investigar, conversar con personas, preparar tus herramientas profesionales y hacer seguimiento de los procesos en los que participas. Cuando termine la semana, revisa qué has conseguido, qué actividades te han aportado más valor y qué deberías hacer de otra manera.

Por mi experiencia, los buenos hábitos, repetidos con constancia, pueden convertirse en uno de nuestros mejores aliados. Y aunque muchas veces parezcan pequeñas acciones sin demasiada trascendencia, con el tiempo pueden ayudarnos a construir nuevas relaciones, descubrir oportunidades y avanzar hacia nuestro siguiente proyecto profesional.

Y ahora, ¿qué vas a hacer mañana?

Si has llegado hasta aquí, espero que esta guía te haya servido para mirar la búsqueda de empleo desde una perspectiva algo diferente. Quizá has descubierto que necesitas dedicar más tiempo a pensar qué quieres conseguir, que tienes una red de contactos mucho mayor de lo que imaginabas o que apenas conoces las empresas a las que te gustaría dirigirte. Puede que te hayas dado cuenta de que tu currículum no transmite en unos segundos aquello que más te interesa destacar o que tu mensaje profesional todavía necesita algo de trabajo.

En cualquiera de esos casos, me gustaría que te quedaras con una idea: hay muchas cosas que podemos hacer para mejorar nuestra manera de buscar trabajo. No podemos controlar todas las circunstancias del mercado laboral ni garantizar cuándo llegará una nueva oportunidad, pero sí podemos conocernos mejor, prepararnos, investigar, relacionarnos y aprender a demostrar todo aquello que somos capaces de aportar.

A lo largo de estos doce capítulos hemos recorrido cinco grandes dimensiones que considero fundamentales y que, de alguna manera, resumen la metodología que he querido compartir contigo.

  • FOCO: comprender quién soy, qué puedo ofrecer y hacia dónde quiero dirigir mi carrera profesional.
  • RED: conseguir que otras personas conozcan mi proyecto y puedan compartir conmigo información, consejos y nuevas perspectivas.
  • INVESTIGAR: entender el mercado, descubrir empresas y conocer dónde pueden surgir oportunidades que encajen con aquello que estoy buscando.
  • ENAMORAR: aprender a presentar mi experiencia y mis capacidades de manera que alguien sienta que merece la pena conocerme mejor.
  • HÁBITOS: poner orden, trabajar con constancia y conseguir que las buenas ideas terminen convirtiéndose en acciones.

Son cinco ámbitos que se complementan y que podemos desarrollar paso a paso. Cuanto mejor los trabajemos, más recursos tendremos para afrontar las distintas situaciones que pueden aparecer durante nuestra búsqueda profesional.

Por eso, si mañana te preguntas qué deberías hacer para avanzar, no hace falta que vuelvas a leer toda la guía ni que intentes poner en práctica sus doce capítulos al mismo tiempo. Quizá sea suficiente con escribir tu proyecto profesional, identificar veinte personas de tu entorno, investigar cinco empresas o preparar una versión de tu currículum que consiga despertar interés en quince segundos.

Lo importante es elegir una acción, llevarla a cabo y aprender de la experiencia para seguir avanzando. Siempre he pensado que uno de los aspectos más interesantes de la búsqueda de un nuevo trabajo es que, cuando la afrontamos con método y curiosidad, también puede convertirse en una oportunidad para conocernos mejor, descubrir otras realidades y seguir desarrollándonos profesionalmente.

No siempre será un camino fácil, pero merece la pena recorrerlo con ilusión, con cierto orden y con una buena dosis de confianza en aquello que somos capaces de aportar.

Y recuerda: buscar trabajo también es un trabajo. Un trabajo que podemos aprender a hacer cada día un poco mejor.

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