Trabajo y felicidad

Son muchas las conversaciones que todos hemos tenido en alguna ocasión en la que un compañero, amigo, familiar o gurú del Management (o no tan gurú) han afirmado con rotundidad que el trabajo debe ser una de nuestras fuentes generadoras de felicidad (como también lo debe ser la familia, los amigos, la pareja, el ocio, etc.). Suena bonito, pero, ¿Realmente lo es? ¿Lo es para mí? Pensemos en voz alta …

Algunos autores anglosajones sostienen que todos tenemos un talento natural para según que cosas. Dichos autores no entienden el talento sólo como una capacidad matemático-lingüística que te permita resolver determinados problemas, no. Ellos hacen referencia a esa habilidad natural que ciertas personas pueden tener para por ejemplo relacionarse con terceros, entender a los demás, comunicar, visualizar de manera natural soluciones sencillas a situaciones complejas, etc. De hecho ese tipo de talento muchas veces está muy relacionado con las habilidades que se nos exigen hoy en día para determinados puestos de trabajo ya sea, por ejemplo, en el ámbito comercial o en la dirección de equipos. Ahora bien, ¿Acabamos trabajando en aquello que realmente se nos da bien?

Desgraciadamente me temo que la respuesta es; “muy raras veces”. ¿Y por qué?

Desde que somos muy pequeños vivimos en un entorno que nos condiciona enormemente. Independientemente de nuestras inquietudes, motivaciones o “talentos naturales”, todos pasamos por un tamiz que nos homogeniza, que nos estandariza. Por encima nuestra pasa un pequeño gran “rodillo” que a veces se llama latín, física, química orgánica o literatura. No tiene gran importancia aquello que nos “mueve” o lo que se nos da bien. Este tamiz que nos “modela” está a su vez compuesto por otros elementos tan importantes para nosotros como nuestra familia (padres fundamentalmente), amigos o entorno social. Tras años y años de “lluvia fina” (o no tan fina) finalmente acabamos ejerciendo de abogado, médico o responsable comercial desempeñando unas tareas que seguramente no realizo especialmente mal pero seguramente tampoco especialmente bien. Llegados a este punto, dónde quedó la pregunta, importante sin lugar a dudas de, ¿Cuál es mi talento natural? De hecho, ¿A caso alguna vez me la he formulado? ¿Y o sé? Me temo que la respuesta en muchas ocasiones es que no.

En la medida en que seamos capaces de dar respuesta a esta (aparentemente sencilla) pregunta, seremos capaces de empezar a tomar control de nuestra propia vida laboral, porque, si mis quehaceres del día a día están alineados con aquello que me motiva, me gusta y se me da bien, conseguiré mejores resultados, más reconocimiento y seguramente mucha más felicidad personal. Por tanto alinear mis intereses, motivaciones y habilidades con aquello que hago en mi día a día es una premisa básica para convertir mi trabajo en una fuente que contribuya activamente a mi felicidad personal.

En mi experiencia en el mundo del outplacement (acompañamiento profesional en momentos de transición) resulta notable la cantidad de profesionales que se encuentran en una situación en la que te trasladan su frustración, miedos o desencanto por desempeñar una función o responsabilidad que no les resulta motivante, atractiva o ilusionante. De ahí que, aunque quizás un poco tarde, cualquier cambio profesional puede ser un buen momento para plantearse ciertas preguntas que seguro me pueden ayudar; ¿Qué es lo que realmente se me da bien hacer? ¿Qué éxitos profesionales me han generado satisfacción? ¿Cuáles no? ¿Qué tipo de entornos de trabajo van con mi carácter y mi forma de ser? ¿Qué puedo aportar yo que resulte diferencial? ¿Qué me genera insatisfacción y frustración? ¿Qué me mueve como persona? ¿Qué alternativas viables existen para adecuar lo que yo soy a lo que yo puedo hacer? ¿Cuál es mi talento natural? …

Sólo si pensamos en ello y somos capaces de dar las respuestas adecuadas a las preguntas oportunas estaremos en disposición de crear una sólida base sobre las que construir nuestro futuro profesional. De otro modo seguiremos corriendo el riesgo de acabar “encajando” más o menos adecuadamente en un puesto de trabajo en el que tengamos un desempeño correcto, si bien con carencias en algo tan importante como la pasión o la ilusión y, sintiendo en ocasiones, no ser realmente excelentes en aquello que hacemos ni que nuestros resultados son sobresalientes. Bajo este escenario resultará difícil que el trabajo en sí mismo nos suponga un motor que alimente nuestra felicidad.

Cierto es que, si desde nuestro entorno más cercano (colegio, familia, amigos, universidad, etc.) nos hubieran ayudado a formularnos estas preguntas y a buscar las respuestas adecuadas ya desde pequeños, generando el clima y el “caldo de cultivo” necesario para que pudiéramos ir canalizando nuestro talento hacia un proyecto profesional y vital viable e ilusionante, posiblemente en la actualidad viviríamos una situación o realidad diferente. Ahora bien, con ayuda profesional o no, nunca es tarde para pensar en ello y reflexionar, porque nos va mucho en ello. Al fin y al cabo, todo queremos ser felices, ¿no?

Pues pongámonos a la tarea …

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